Lo que el Paro Nacional
de 2021 está mostrando de los colombianos, de nuestra democracia, más allá de
la evidente agonía de unas instituciones carcomidas por la yuxtaposición del interés
privado sobre el común en su funcionamiento, es la total ausencia del otro en nuestro espacio político
nacional y, por tanto, la total inexistencia de espacio político en sí mismo.
Maticemos esta afirmación
antes de ahondar en ella:
Quienes nos gobiernan se
precian de que somos el único país de Latinoamérica con un ejercicio electoral
regular e ininterrumpido (salvo los pocos años de Rojas Pinilla), rastreable
hasta el principio mismo del siglo XX. Que en el mundo contemporáneo no puede
haber democracia sin elecciones y que la realización de elecciones no implica
que haya democracia, es una verdad tan evidente que ni el liberal más obtuso
discutiría.
Todas esas elecciones no
han sido otra cosa que el sistemático intento de anular al otro y crear una
nación de un nosotros sin otro posible,
una nación sin diversidad, sin pluralidad.
Núñez levantó su
regeneración contra el otro
representado en el sujeto moderno-capitalista: el proletariado. Los liberales,
para anular a conservadores y viceversa, hasta que Gaitán introdujo a otro inesperado mediante la dicotomía
entre País Político y País Nacional; al asesinarlo, liberales y conservadores,
asumiéndose como el ellos que Gaitán
rotuló como País Político, intentaron anular al otro que irrumpía: el País Nacional.
Que el asesinato de
Gaitán no fue suficiente para anular al otro
emergente lo demuestra el Frente Nacional, donde el País Político unificado
cerro todo espacio al País Nacional.
La Constitución de 1991,
que apareció en las postrimerías del Siglo XX como la apertura del espacio
político nacional a todos los otros
posibles, no vino sino a confirmar la advertencia de Ranciere:
…La
democracia no puede consistir en un conjunto de instituciones… porque una misma
constitución y conjunto de leyes se pueden interpretar de maneras opuestas…
[pudiendo] limitar la esfera de lo político y restringir la acción política a
una actividad realizada por agentes definidos y dotados con los títulos
apropiados… (2019, Pág. 82).
La interpretación neoliberal
de la Constitución de 1991 limitó la esfera de lo político a la generación de
condiciones para la acción del capital financiero transnacional, el mercado
hasta donde sea posible, el Estado hasta donde sea necesario, decía Juan Manuel
Santos. La carta de Derechos de la Constitución, terminó cobijando a los otros excluidos; los Derechos humanos
terminaron siendo los derechos de quienes no tienen derechos (Ranciere, 2019,
Pág. 91) y su interpretación neoliberal convirtió su garantía, en un bien transable o un servicio humanitario que hay que agradecer.
Los otros que, en teoría, se pretendía incluir con la Constitución
de 1991, terminaron excluidos por la insaciable búsqueda de mayor taza de
ganancia y su espacio se fue llenando cada vez más, ya no solo indígenas, afro,
mujeres o comunistas, sino LGTBI, empresarios e industriales nacionales, la
clase media, los jóvenes, etc., etc.
Nuestro siglo XXI, se vio
signado por el miedo que recorrió occidente después del 11 de septiembre de
2001, un miedo político considerado como la base de nuestra vida pública
(Robin, 2009, Pág. 17) en el que el otro
a temer podía ser literalmente cualquiera y esto, sumado al irresoluto
conflicto interno, exacerbado intento de anulación política y física del otro, derivó en el engendro que hoy nos
tiene en las calles: el uribismo.
Para los estadounidenses,
Donald Trump representó el culmen del miedo político generado por el 11 de
septiembre, la potencialidad del otro
a temer cobró vida en la exclusión física y política de todos los otros posibles. Los colombianos vivimos
en ese ambiente desde, por lo menos, el 7 de agosto de 2002.
La imagen de Eudaldo León
Díaz Salgado, alcalde del Roble, Sucre, vaticinando ante el entonces presidente
Álvaro Uribe su propio asesinato, ocurrido el 10 de abril de 2003, dos meses
después de anunciarlo en vano, representará para siempre la suerte que corre
cualquiera que pueda encajar en la caracterización del otro instituido por el uribismo: cualquiera que piense diferente.
Hoy, sin embargo, el país
aparece dividido en dos tendencias políticas mutuamente excluyentes entre sí y
frente a otros en general, dos
tendencias políticas que configuran un nosotros
sin otro posible y para las que más de la mitad de los colombianos estamos
sobrando en el espectro político.
El maniqueísmo subyacente
a la sentencia según la cual el espectro político nacional se circunscribe a
uribistas y castrochavistas o a petristas, uribistas y tibios solo representa una nueva reedición del intento centenario de
construir una Colombia a partir de poner a sobrar a la otra mitad.
Frente a tal maniqueísmo
es seguro afirmar que, aunque todo cambie, nada lo hará, en la medida en que el
espacio de lo político seguirá restringido a un grupo sin otro posible, al que parece habérsele
olvidado que, desde algún punto de vista, todo
yo, es un otro para otro.
Nosotros, los otros
excluidos, seguiremos pugnando por una apertura real, por un proceso político
de subjetivación que continuamente crea recién llegados, nuevos sujetos que
representan el mismo poder de todos y cada uno (Ranciere, 2019, Pág. 88) y para
los que hay espacio real y discursivo en lo político, una Colombia en la que
quepamos todos.
Bibliografía
Ranciere, J. (2019) ¿Significa algo la democracia?, en
Disenso: ensayos sobre estética y política. Fondo de Cultura Económica. 71 –
90.
Ranciere, J. (2019) ¿Quién es el sujeto de los Derechos del
Hombre?, en Disenso: ensayos sobre estética y política. Fondo de Cultura
Económica. 91 – 107.
Robin, C. (2009) El miedo. Historia de una idea política. Fondo
de Cultura Económica.
En el análisis, se reproduce la versión de los tibios y excluyentes de la derecha, cuando perse califica como excluyente a quienes como los Progresistas hemos sido EXCLUIDOS. La teoría del terror Uribista cabalga sobre predecir de excluyentes a los Progresistas excluidos históricamente. El análisis convierte en victimarios potenciales al otro que ha sido victimizado ! Increíble que un perseguido político como Petro, sea considerado perseguidor...ES EL COLMO...!
ResponderEliminarSe puede ser excluído y excluyente al mismo tiempo cuando discursivamente se concibe el espacio de la política como un estar conmigo o contra mi.
ResponderEliminarObvio no son los niveles de exclusión del frente nacional o el estatutp de seguridad, pero no deja de ser excluyente que más allá de quienes me apoyan yo solo vea enemigos y no interlocutores válidos con los que construir un espacio político democrático.
¿Esa famosa otredad también es válida en el contexto del famoso caminar por el desierto? ¿No será que formar esa otredad es más una constante estratégica enquistada al ver poca convocatoria? Las acciones actuales demuestran que esos que se venden de excluidos históricos han sido los primeros en citar a la casa de Nariño, enarbolando liderazgos que poco representan los intereses de quienes le ponen el pecho a las balas y las narices y pulmones a los gases ¡zipotes de excluidos!
ResponderEliminarLo que haces es precisamente demostrar mi punto. No se construye democracia a partir de la descalificación apriorística de los motivos, razones y accciones del otro, sea ideológicamente cercano o contradictor.
ResponderEliminarY no será que ustedes de la misma manera han descalificado apriorísticamente y a posteriori (cosa que recuerdan con hechos sucintos) todo el Movimiento de la Colombia Humana. Se sienten malentendidos y subvalorados cuando sus ideas son atacadas, pero tienen la daga guardada cuando de apoyar a ese otro diferente se trata, los que no han querido crear alianzas son ustedes, los que no quieren hacer consultas incluyendo a ese otro excluyente según tú, ha sido tu movimiento político. Dime si eso no es más muestra de exclusión que las etiquetas de mesianismo que ustedes repiten en sus argumentos.
ResponderEliminarEso no es muestra alguna de exclusión, es el uso del derecho soberano a discernir.
Eliminar🤗🤣🤣🤣
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