Exención de responsabilidad civil: Lo que sigue no es en medida alguna un ardid publicitario contra la marca de café que he tomado la mayor parte de mi vida y que disfrutamos la mayor parte de los cordobeses hasta que, hace poco, el neoliberalismo lo convirtió casi que en un objeto de lujo.
Hasta más acá de los veinte años, no solo no había probado jamás otra marca de café, sino que además no tenía idea de que el café tuviera un sabor y aroma distintos al sabor del café que siempre hicieron mi abuela y mi mamá y al aroma que te embarga de repente cuando vas en bus hacia el norte de la ciudad, al INEM o a la Universidad de Córdoba por ejemplo, y pasas por el tramo entre las calles 48 y 50.
Mi abuela lo preparaba como estoy seguro lo preparaba todo el mundo hasta que las cafeteras empezaron a ser asequibles -la mía por ejemplo la compré por veinticinco mil pesos-: en una olla ennegrecida por un uso mucho mayor a su vida útil, en la cual el agua se lleva al punto de ebullición y se hace pasar varias veces por un cedazo, improvisado en el caso de mi abuela, formado por un trozo de tela y un alambre convenientemente retorcido, o bolsa de colar café, cómo no tan elegantemente la hemos llamado siempre.
Así aprendí a prepararlo yo, aupado por mi abuela en una fecha hoy indeterminada en mi memoria, antes de 21 de marzo de 2001, fecha en qué un cáncer asombrosamente rápido le quitó la vida.
El argumento que usó para enseñar a un niño de menos de once años, verbigracia, yo antes de la fecha mencionada, la increíblemente peligrosa tarea de hacer pasar varias veces el agua hirviendo a través de la bolsa de colar café, es precioso aunque asombrosamente machista, en retrospectiva: un hombre debe saber hacer arroz blanco y café, para no depender de su mujer si, por alguna razón, esta se niega a prepararle los alimentos.
Tampoco supe, durante gran parte de mi vida, que el café se compra en paquetes más grandes que la papeleta pequeña, el paquete de 50 gramos que yo alcancé a comprar por doscientos cincuenta pesos y que hoy, creo, está descontinuado.
En todo caso, hoy he comprado una libra de café en la tienda en la que siempre compro, únicamente porque nunca tengo que ir hasta allá sino enviar un mensaje y ellos, asombrosamente rápido, envían los cigarrillos -que es casi lo único que compro ahí- con un muchacho en moto que siempre tiene algo que contar.
Fue cuando lo estábamos tomando, cuando dijo: este café sí es malo.
La miré, asombrado, y como una película, o más bien como un audio de Whatsapp al que pusiste en 2 porque no te interesa realmente lo que te están diciendo, pasaron por mi mente los recuerdos de mi abuela, mi mamá y el café de toda la vida.
Luego recordé que hace seis años que no tomo regularmente esa marca de café y mi asombro fue mayor cuando de mi boca no salió la reivindicación chovinista de la altísima calidad del café de toda la vida que, honestamente, estaba seguro que hilvanaba.
En fin, alguien que duerme conmigo todas las noches, me ha convencido de que el café de toda la vida es malo. Supongo que ha sido una tarea silenciosa, ardua y paciente, y que su triunfo es evidente cada vez que, al hacer mercado, compro la marca que ella prefiera, automáticamente, sin pensarlo mucho.
Creo que de eso se trata la vida en pareja.
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