En el año 2006 (o 2007)
un estudiante de la Universidad de Córdoba cuyo nombre me reservo, no por
socavarle uno de los muchos méritos históricos que tiene sino porque no me
siento autorizado para mencionarlo, se consiguió un aerosol negro y rayó la
pared contigua al extinto Maracaná, en las cercanías de la Facultad de Ciencias
Agrícolas. El mensaje era simple: + subsidios alimenticios.
No muy hábil en el
manejo de la lata y con la premura de quien sabe que está haciendo algo que
hace una década larga no se intentaba, el resultado fue un garabato irregular
pero hermoso.
Preso de la cólera por
ver profanada la blancura del campus -motivo de orgullo por entonces- el
rector ofreció una recompensa de cien mil pesos a quien delatara al autor del
despropósito.
La recompensa
intentaría cobrarla el mismo autor, en uno de los mayores actos de valentía, o
locura, o las dos, que mis ojos con 16 años de uso habían visto hasta entonces.
Fue el principio de un
nombre heroico, muchas veces intentado silenciar y nunca acallado.
La anécdota me viene a
la memoria al ver en el ecosistema de nuestras redes sociales el resultado de
un hecho que, categorizado como vandálico, ha producido el peor de los
resultados posibles: un desconocido ha tomado un aerosol blanco y ha pintado
con él los ojos de varios de los personajes que componen el mural de la artista
Mónica Garzón en la calle 24 con avenida primera.
Cuando a uno lo
quieren callar, se da cuenta rápidamente y decide qué valor estético asignarle
al intento de silenciamiento y, en consecuencia, como actuar en adelante.
No me consta, pero estoy
seguro de que el Compae Goyo supo entonces que la turba que soliviantada por un
cura destruyó su Boga, lo estaba inmortalizando.
Así como los muchachos
que durante 2021 vieron como los murales con los que elaboraban su indignación
tanto tiempo reprimida en los desnudos muros del puente de la calle 29 con
avenida circunvalar eran borrados con aceite quemado, supieron que lo que
tenían que hacer era repintarlos tantas veces como fuera necesario. Esto sí me
consta.
En 1974, la reconocida
Marina Abramovic se sentó durante 6
horas, inmóvil, y con 72 objetos delante, dentro de los que estaban un látigo,
un libro, unos zapatos, vino, pan, un peine, uvas, clavos, azúcar, agua, un
abrigo, un sombrero, una vela, cadenas, flores, alcohol, jabón, un hacha, una
sierra, un plato, un vaso, pintura y un texto: “En la mesa hay 72 utensilios
que pueden usarse sobre mí como se quiera. Yo soy el objeto”
Los vejámenes sufridos
por Abramovic durante su perfomance la llevaron a concluir que, si dejas
que el público decida, te puede matar.[1]
Hay un universo entero
de distancia entre exponer el propio cuerpo a la interacción de un público sin
restricción y utilizar como soporte de la obra propia espacios públicos, el
fondo sin embargo es el mismo: la obra solo se completa con la interacción del
público.
Aunque no se condone
la acción anónima de intervenir un mural público, como se hizo en días
recientes en nuestra ciudad, lo que no podemos pasar por alto es que lo público
del arte público es que genere interacción, creación colectiva de sentidos,
intervención más allá de la del propio artista e, inclusive, como acaba de
ocurrir con el mural de Banksy en una corte londinense, la destrucción[2].
En la acción que nos
ocupa yo no veo, en absoluto, un acto de vandalismo, como ha asegurado el
alcalde Kerguelén desde sus redes sociales, tampoco veo, y esto lo digo con
profundo respeto por la autora, un intento de silenciamiento hacia su persona
como artista. Lo que sí hay es una crítica que, aunque se haya expresado a
través de medios tan básicos, debe ser objeto de interpretación no solo por la
autora, sino por los demás artistas de la ciudad.
Justo a la vuelta de
la esquina, y haciendo uso de la misma subvención que pagó el mural de Mónica
Garzón, un colectivo de la ciudad debió soportar que en el espacio de una hora
dos cuadrillas de policías, compuestas por tres motos y dos agentes por moto,
llegaran a pedirles que apagaran la música y cesaran el baile con el que
acompañaban la ejecución del mural. Ellos tal vez no se quejaron del intento de
silenciamiento porque son conscientes de que la naturaleza disruptiva de lo que
hacen está indisolublemente ligada a la represión oficial, o su intención.
La naturaleza del arte
público es ajena a la vigilancia y el cuidado de los museos o galerías
cerradas. Un grafitero que pidiera permiso para ejecutar su obra la estaría
despojando, a priori, del núcleo significante que la constituye.
Tres lecciones podemos
sacar de este episodio:
La primera, que lo
peor que pudo haber pasado es lo que ha terminado pasando, que el alcalde asumiera
el reto oficial de perseguir a quienes han intervenido el mural de la artista
Mónica Garzón[3]
porque, oficial o paraoficial, la persecución siempre destruye el arte, incluso
aquel al que se protege, porque lo empasta, lo petrifica y lo convierte en extensión
propagandística del Estado.
La segunda, que el
hecho de que haya generado intervención da cuenta del movimiento dialéctico
connatural a toda obra de arte, cuyas expresiones, contenidos y manifestaciones
no dependen en absoluto del artista una vez terminado el proceso de creación.
La tercera, que a
nuestro universo artístico le hace una falta enorme la critica que completa
todo ejercicio estético y que hace que este sea algo más que un soliloquio del
artista o una conversación de uno con el mutismo del mundo natural. El mundo
social está inevitable y constantemente en movimiento y el producto del trabajo
estético no es la excepción.
Sea esta la
oportunidad para pensarnos mecanismos más expeditos y colectivos para el
abordaje crítico de nuestra propia experiencia estética.
[1] https://www.larazon.es/cultura/20210512/a643clkd6bba7gmd3h26hr3nqq.html
[2] https://elpais.com/cultura/2025-09-10/borrado-el-mural-de-banksy-en-el-que-un-juez-golpeaba-a-un-manifestante.html
[3] https://www.facebook.com/LaRazonCo/videos/monter%C3%ADa-el-alcalde-de-monter%C3%ADa-hugo-kerguel%C3%A9n-garc%C3%ADa-anunci%C3%B3-este-martes-que-ag/841628618212557/