miércoles, 2 de junio de 2021

GENTE DE BIEN

Recientemente se agregó una categoría más al lenguaje de exclusión con el que se designa a los actores de la polarizada realidad política nacional: Vándalos/Gente de bien.

Ya es imposible no pensar -digámoslo al margen- que quienes acusan tal demarcación de lo político, lo hacen a sabiendas de estar superponiendo contradicciones formales a los principales problemas de país; imponiendo la idea de que el problema es entre unos colombianos y otros colombianos, para pescar en río revuelto, como reza la sabiduría popular.

Pero más allá de reafirmar que no vivimos en una democracia, o cuando mucho vivimos en una muy restringida, un mes de movilización generalizada e indignación desbordada viene a poner sobre la palestra un asunto que, aunque lo parezca, no es menor.

Se trata de la narrativa construida por una clase política hija del Frente Nacional, de que Colombia es el país más estable del continente, un lugar con problemas creados por enemigos internos y externos: el comunismo internacional antes de 1991, las Farc, el Terrorismo desde 2001 y más recientemente el castrochavismo, una especie de monstruo de Frankenstein hecho con pedazos de los enemigos anteriores.

Y si en Chile el estallido se puso en escena al son de El baile de los que sobran, en estas latitudes Los Prisioneros bien podrían ser la banda sonora de la tragicomedia nacional, no ya con el ochentero himno sino con uno de sus menos conocidas expresiones de rebeldía cantada:

Como puedes ver las vitrinas están llenas de cosas que comprar/
En sus autos la gente va feliz a trabajar/
No hay problemas, ni necesidad/
Este lugar es ideal… para vivir/
¡lo mejor!

La estrofa corresponde a Lo estamos pasando muy bien canción firmada por Narea/Tapia y cantada por el primero para el experimental La cultura de la basura de 1987. En ella la banda sanmiguelina canta a una de las principales manifestaciones de masas del neoliberalismo: el conformismo subyacente a la idea de que, con cierto esfuerzo, todo podemos ser ricos.

No es posible que todavía movilicemos la idea de que el uribismo, o más ampliamente, la derecha, están integradas solo por narcotraficantes y gente sin cerebro.

Desde el pequeño propietario urbano y rural hasta el gran empresario nacional, pasando por asalariados de todos los niveles, el neoliberalismo como expresión ideológica contemporánea del capital, ha logrado inocular en las personas la idea de que la autoexplotación y una especie de fetichismo del individuo constituyen toda la libertad a la que podemos aspirar porque, además, posibilitan que todos podamos ser ricos si somos emprendedores.

Mientras la gente cree esto, la riqueza mundial es producida en cada vez más complejos procesos industriales y postindustriales y acumulada en cada vez menos manos, a cada cual más ociosa.

Mientras la gente cree esto vivimos en un mundo en el que una tercera parte de la humanidad no tiene acceso a inodoros, por solo mencionar una de las más indignas estadísticas.

Que Uribe y los suyos hayan podido hacer y deshacer, casi literalmente, por lo menos durante los últimos treinta años, se debe no tanto a que sean seres perversos, que lo son; no tanto a que los colombianos seamos estúpidos, sino al servicio que han prestado a los grandes espoliadores de la riqueza nacional, parapetados tras siglas como FMI, BM, BID, OCDE…

La perversidad de Uribe y los suyos, indiscutible, radica sobre todo en la capacidad que tienen de vivir bien mientras todos los demás colombianos nos vamos a la quinta porra, por usar una expresión inofensiva.

El que haya diez millones de personas que votan por ellos se debe no a una epidemia nacional de estupidez sino al éxito del neoliberalismo en la tarea de hacer creer lo que le conviene que la gente crea.

La transformación del país, ante un panorama como el señalado, requiere de una revolución cultural que desmitifique al neoliberalismo y construya un horizonte de posibilidad para todos los colombianos.

Es en esta tarea, no en la de bloquear vías y quemar tanquetas, en la que los jóvenes de Colombia y, en particular los estudiantes, somos imprescindibles.

La próxima batalla no solo en las urnas, sino también en la conciencia nacional, en la cabeza de todos los colombianos que por miedo o alienación -¿es lo mismo?- soportan electoralmente al actual statu quo.

2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Interesante planteamiento amigo mío, llegas a mencionar un tema llamativo para otra columna de opinión, respecto a lo referente a la juventud y en general la sociedad que se ha despertado ante la realidad nacional, la autoevaluación indispensable sobre el aporte que cada sector participante del paro y el ser individual deben realizar para una transformación integral, no solo esperando ese anhelado cambio en las políticas sociales desde el estado, sino mi aporte individual y el aporte del gremio al que se pertenece. Felicidades, buena reflexión!

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