martes, 11 de octubre de 2022

CRÓNICAS RECTORICIDAS

 

Nuevamente la Universidad de Córdoba se encuentra sometida a la presión del descontento de una importante porción del estudiantado que, amén de su justificada indignación, se encuentra ahora bajo el ataque de quienes en otro momento lo soliviantaron, empujando al levantamiento de la casi siempre incorrecta consigna de ¡Fuera el rector!

Este afán rectoricida, grieta estructural que durante décadas ha impedido la consolidación de un movimiento universitario sólido y coherente en nuestra alma mater no es, ni mucho menos, resultado del desconocimiento que consuetudinariamente quienes sostienen a, o se sostienen de, las administraciones de turno, achacan a quienes asumen la vocería de los estamentos en rebeldía, sino que por el contrario, constituye un verdadero cáncer de la comunidad universitaria que la conmina a autodestruir sus esfuerzos organizativos cada tanto, al tenor de los reacomodamientos políticos que impactan la correlación de fuerzas en las instancias directivas y el movimiento universitario.

Ya en otro tiempo fuimos empujados a la irresoluble dicotomía que dividió a la comunidad universitaria entre quienes apoyaban y quienes exigíamos, como fórmula de solución de las problemáticas universitarias, la salida del entonces rector Claudio Sánchez Parra por, entre otras cosas, las formas antidemocráticas y autoritarias con que se dirigían los asuntos al interior de la Universidad, en el marco de la situación política de Córdoba y el país durante la primera década del siglo XXI.

Cuando por fin vimos salir esposado al rector, pensamos ingenuamente que las cosas en el alma mater cambiarían e, inclusive, en una reunión convocada a instancias del entonces representante del presidente ante el Consejo Superior Universitario, se nos dijo que seguramente así sería.

No solo nada cambió, sino que bien pronto empezó a ser evidente que, en algunos asuntos administrativos, por ejemplo, las curas resultaron peores que la enfermedad misma.

En el año 2009, luego de una interinidad en la que la asociación sindical de los profesores, otrora capitana de las rebeldías universitarias vio llegada su hora de mandar, y mandó, para la sorpresa de todos, de maneras tan o más antidemocráticas y autoritarias, resultó elegido Emiro Madera Reyes como rector, en virtud de un acuerdo de las fuerzas políticas del departamento con y sin representación en el Consejo Superior Universitario, acuerdo al que también se sumaron ASPU y SINTRAUNICOL, en razón a ofrecimientos que hiciera el rector entrante para resolver varias problemáticas gremiales derivadas de años de manejos autoritarios y a contramano de los derechos laborales.

El matrimonio entre los sindicatos y el rector, que hoy seguramente muchos de sus protagonistas preferirán negar, dado el ulterior desarrollo de la administración Madera, no duraría mucho, como tampoco duraría demasiado el colegaje de las diferentes fuerzas políticas en torno a la figura del nuevo rector, que muy pronto demostró ser mucho más autoritario que sus antecesores, y, además, con un estilo administrativo que torpedeó, entorpeció o hizo retroceder a la Universidad en varios aspectos.

Mientras duró el enamoramiento, el grueso del movimiento estudiantil se concentró en denunciar día tras día el hecho evidente de que, ido Claudio Sánchez y sus principales alfiles, nada cambiara, sino que por el contrario tendiera a empeorar, ahora con quienes empujaban antes a pensar que todo se resolvería si echábamos al rector, como mandos medios de la nueva administración.

Sobrevino entonces el gran paro nacional universitario de 2011, el cual estuvo durante todo lo que duró, sometido a la presión de sindicatos y agrupaciones políticas para convertirlo, dada la fuerza que el estudiantado desplegó en la Universidad de Córdoba, en un movimiento contra el rector, no contra la política nacional universitaria de Juan Manuel Santos.

 Que las otras 31 universidades públicas se preocupen por la reforma, a nosotros lo que debe preocuparnos es echar al rector” llegó a decirnos, sin sonrojarse siquiera, el entonces beligerante presidente de ASPU, convertido después en héroe y figura cimera de las administraciones que sobrevinieron.

No pudiendo asumir el liderazgo del paro, para convertirlo en un paro contra el rector, se lanzaron a su propia pelea: varios meses de 2012 duró el paro, en el que no solo no se logró nada pues el rector renunció a su cargo 4 días antes que finalizara su periodo, sino que en el camino se destruyó todo lo avanzado en unidad y organización del estamento estudiantil, que entonces y a conveniencia fue reemplazado por grupúsculos de pseudo-anarquistas que todo lo sabotean y que han convertido la acción de protesta no ya en una herramienta política del estudiantado sino en un fin en sí mismo, brillando además por el uso desmedido y sin justificación alguna de tácticas como el bloqueo de vías, la suspensión de clases y –saeta dorada en el carcaj de la extrema izquierda estudiantil- el tropel.

Aunque claro, no se logró nada en lo que a transformaciones se refiere, pues en términos de acomodación de los beligerantes todo cambió, pues en unos meses pasaron de opositores a administradores, de rebeldes a represores.

Mucha agua ha corrido bajo el puente en todos estos años, pero no es descabellado afirmar que la situación que hoy enfrenta la Universidad de Córdoba, no es más que otro episodio de las crónicas rectoricidas, ahora aderezadas por el hecho, curioso cuando menos, de que el gobierno que sostiene a la administración actual es el mismo por el que el grueso del movimiento estudiantil votó y que quienes fungen como defensores de la administración actual, eso sí que no es nada nuevo ni curioso, son precisamente quienes históricamente han tratado de movilizar al estudiantado en pos de la consigna ¡Fuera el rector!

Con tanta agua que ha corrido bajo el puente, uno pensaría que ya nos va quedando claro que mande quien mande hay quienes siempre se acomodan y que por muy izquierdista que sea la retórica del actual gobierno y sus áulicos, nada parece indicar que vaya a haber cambios sustanciales en las políticas universitarias, por lo que la organización gremial del estudiantado y la cualificación de todos los sectores políticos en que este se agrupa, debe ser como siempre la tarea principal.

Solo así, los problemas internos podrán ser resueltos favorablemente para la comunidad universitaria, que debe siempre tener como arma principal la fuerza de los argumentos con la que cuando sea necesario, resultará mucho más fácil conseguir los argumentos de la fuerza.

Toda otra consigna significará como siempre un desperdicio de las fuerzas y el capital político del movimiento estudiantil, bastante diezmado por años de intromisión ajena y por la relevancia que han venido adquiriendo los grupúsculos dirigidos a control remoto que florecen en su interior.

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