Nuevamente la Universidad de Córdoba se encuentra
sometida a la presión del descontento de una importante porción del
estudiantado que, amén de su justificada indignación, se encuentra ahora bajo
el ataque de quienes en otro momento lo soliviantaron, empujando al
levantamiento de la casi siempre incorrecta consigna de ¡Fuera el rector!
Este afán rectoricida,
grieta estructural que durante décadas ha impedido la consolidación de un
movimiento universitario sólido y coherente en nuestra alma mater no es, ni
mucho menos, resultado del desconocimiento que consuetudinariamente quienes
sostienen a, o se sostienen de, las administraciones de turno, achacan a
quienes asumen la vocería de los estamentos en rebeldía, sino que por el
contrario, constituye un verdadero cáncer de la comunidad universitaria que la
conmina a autodestruir sus esfuerzos organizativos cada tanto, al tenor de los
reacomodamientos políticos que impactan la correlación de fuerzas en las
instancias directivas y el movimiento universitario.
Ya en otro tiempo fuimos empujados a la irresoluble
dicotomía que dividió a la comunidad universitaria entre quienes apoyaban y
quienes exigíamos, como fórmula de solución de las problemáticas
universitarias, la salida del entonces rector Claudio Sánchez Parra por, entre
otras cosas, las formas antidemocráticas y autoritarias con que se dirigían los
asuntos al interior de la Universidad, en el marco de la situación política de
Córdoba y el país durante la primera década del siglo XXI.
Cuando por fin vimos salir esposado al rector,
pensamos ingenuamente que las cosas en el alma mater cambiarían e, inclusive, en
una reunión convocada a instancias del entonces representante del presidente
ante el Consejo Superior Universitario, se nos dijo que seguramente así sería.
No solo nada cambió, sino que bien pronto empezó a ser
evidente que, en algunos asuntos administrativos, por ejemplo, las curas
resultaron peores que la enfermedad misma.
En el año 2009, luego de una interinidad en la que la
asociación sindical de los profesores, otrora capitana de las rebeldías
universitarias vio llegada su hora de mandar, y mandó, para la sorpresa de
todos, de maneras tan o más antidemocráticas y autoritarias, resultó elegido
Emiro Madera Reyes como rector, en virtud de un acuerdo de las fuerzas
políticas del departamento con y sin representación en el Consejo Superior
Universitario, acuerdo al que también se sumaron ASPU y SINTRAUNICOL, en razón
a ofrecimientos que hiciera el rector entrante para resolver varias
problemáticas gremiales derivadas de años de manejos autoritarios y a
contramano de los derechos laborales.
El matrimonio entre los sindicatos y el rector, que
hoy seguramente muchos de sus protagonistas preferirán negar, dado el ulterior
desarrollo de la administración Madera, no duraría mucho, como tampoco duraría
demasiado el colegaje de las diferentes fuerzas políticas en torno a la figura
del nuevo rector, que muy pronto demostró ser mucho más autoritario que sus
antecesores, y, además, con un estilo administrativo que torpedeó, entorpeció o
hizo retroceder a la Universidad en varios aspectos.
Mientras duró el enamoramiento, el grueso del
movimiento estudiantil se concentró en denunciar día tras día el hecho evidente
de que, ido Claudio Sánchez y sus principales alfiles, nada cambiara, sino que
por el contrario tendiera a empeorar, ahora con quienes empujaban antes a
pensar que todo se resolvería si echábamos al rector, como mandos medios de la
nueva administración.
Sobrevino entonces el gran paro nacional universitario
de 2011, el cual estuvo durante todo lo que duró, sometido a la presión de
sindicatos y agrupaciones políticas para convertirlo, dada la fuerza que el estudiantado
desplegó en la Universidad de Córdoba, en un movimiento contra el rector, no
contra la política nacional universitaria de Juan Manuel Santos.
“Que las otras 31 universidades públicas se
preocupen por la reforma, a nosotros lo que debe preocuparnos es echar al
rector” llegó a decirnos, sin sonrojarse siquiera, el entonces beligerante
presidente de ASPU, convertido después en héroe y figura cimera de las
administraciones que sobrevinieron.
No pudiendo asumir el liderazgo del paro, para
convertirlo en un paro contra el rector, se lanzaron a su propia pelea: varios
meses de 2012 duró el paro, en el que no solo no se logró nada pues el rector
renunció a su cargo 4 días antes que finalizara su periodo, sino que en el
camino se destruyó todo lo avanzado en unidad y organización del estamento
estudiantil, que entonces y a conveniencia fue reemplazado por grupúsculos de
pseudo-anarquistas que todo lo sabotean y que han convertido la acción de
protesta no ya en una herramienta política del estudiantado sino en un fin en
sí mismo, brillando además por el uso desmedido y sin justificación alguna de
tácticas como el bloqueo de vías, la suspensión de clases y –saeta dorada en el
carcaj de la extrema izquierda estudiantil- el tropel.
Aunque claro, no se logró nada en lo que a
transformaciones se refiere, pues en términos de acomodación de los
beligerantes todo cambió, pues en unos meses pasaron de opositores a
administradores, de rebeldes a represores.
Mucha agua ha corrido bajo el puente en todos estos
años, pero no es descabellado afirmar que la situación que hoy enfrenta la
Universidad de Córdoba, no es más que otro episodio de las crónicas
rectoricidas, ahora aderezadas por el hecho, curioso cuando menos, de que el
gobierno que sostiene a la administración actual es el mismo por el que el
grueso del movimiento estudiantil votó y que quienes fungen como defensores de
la administración actual, eso sí que no es nada nuevo ni curioso, son
precisamente quienes históricamente han tratado de movilizar al estudiantado en
pos de la consigna ¡Fuera el rector!
Con tanta agua que ha corrido bajo el puente, uno
pensaría que ya nos va quedando claro que mande quien mande hay quienes siempre
se acomodan y que por muy izquierdista que sea la retórica del actual gobierno
y sus áulicos, nada parece indicar que vaya a haber cambios sustanciales en las
políticas universitarias, por lo que la organización gremial del estudiantado y
la cualificación de todos los sectores políticos en que este se agrupa, debe
ser como siempre la tarea principal.
Solo así, los problemas internos podrán ser resueltos
favorablemente para la comunidad universitaria, que debe siempre tener como
arma principal la fuerza de los argumentos con la que cuando sea necesario,
resultará mucho más fácil conseguir los argumentos de la fuerza.
Toda otra consigna significará como siempre un
desperdicio de las fuerzas y el capital político del movimiento estudiantil,
bastante diezmado por años de intromisión ajena y por la relevancia que han
venido adquiriendo los grupúsculos dirigidos a control remoto que florecen en su
interior.
No hay comentarios:
Publicar un comentario