Indudablemente una de las formas en que las élites expresan su dominio material y espiritual sobre las ciudades es a través de monumentos y obras de arte urbano. No es casualidad que, cuando los regímenes fenecen o se enfrentan al juicio de la historia, las primeras en desaparecer sean precisamente las estatuas que honran a los líderes y los monumentos que recuerdan sus gestas heroicas.
Quienes tengan treinta años o más recordarán la caída de la estatua de Sadam Hussein en Bagdad, que marcó el fin de la Segunda Guerra del Golfo o la bandera de la hoz y el martillo siendo arriada en el Kremlin el 25 de diciembre de 1991, poniendo fin a la historia de esa superpotencia euroasiática.
En Montería no hemos tenido una particularmente rica historia de monumentos y arte urbano y sí que tenemos ejemplos de atentados contra este tipo de apropiaciones del espacio público por parte de artistas y ciudadanos. La historia del Boga del Compae Goyo, destruida a martillazos por los oscurantistas prejuicios de un cura, es emblemática, al igual que el cóndor sobre un globo terráqueo del maestro Arenas Betancourt, que por alguna razón acumuló polvo en algún traspatio de la ciudad.
Recientemente, la polémica no se debe al tratamiento delincuencial dado a invaluables obras de arte, sino al pobre criterio estético en la elección de objetos que ocupan nuestro espacio público. Los objetos destinados a convertirse en monumentos urbanos, apreciados y valorados por los habitantes de una ciudad, pueden ser evaluados por dos o tres criterios específicos:
El primero de ellos es -a veces lastimosamente- el que sea apreciado por la ciudadanía en general. Los ejemplos del Boga del Compae Goyo y el Condor de Arenas Betancourt son emblemáticos de obras de arte que no pasan este primer criterio.
En segundo lugar, se encuentra el origen de la obra de arte. Artistas más apreciados y respetados por los ciudadanos o colecciones pertenecientes a ciudadanos o familias más queridas por la ciudadanía tienen mayores oportunidades de ocupar privilegiados sitiales en la apreciación ciudadana del espacio público. Los murales de la Asamblea Departamental y el Banco de la República son ejemplos de arte más o menos valorado por este criterio.
En tercer lugar, están aquellas piezas de arte monumental que recogen particulares sentires populares o son producto de procesos democráticos o masivos. Nadie objeta que don Elías Bechara Zainúm merezca un busto o que la lancha Damasco pueda representar con honor la pasada gloria de la navegabilidad del Sinú.
El asunto, sin embargo, no debe ser objeto de tratamiento discrecional por parte de un alcalde o una administración, ya que se trata del particularmente sensible asunto del espacio público, que para tener ese carácter debe permitirle a toda la ciudadanía construir sentidos y significados en cada calle, plaza o esquina.
El ejemplo del árbol de metal que reemplazó al mango de la glorieta en la intersección de la carrera quinta con avenida circunvalar y calles 20 y 21 en la subida del puente metálico, debe llamarnos a la reflexión a todos aquellos que participamos de una u otra manera en la construcción de un circuito cultural y artístico para Montería.
Sin mucho esfuerzo puede pensarse en varios nombres que habrían logrado intervenciones exitosas de ese espacio, con los aducidos requerimientos de movilidad, salvando el árbol de mango y generando mejores sinergias entre el conjunto y el espacio circundante. Solo habría sido cuestión de convocar.
Más allá de la valoración del argumento técnico, lo que hay aquí es la evidencia de que Montería necesita una política pública para el arte urbano y monumental, que le permita a los artistas y gestores culturales de la ciudad pensarse el espacio público en función de intervenciones estéticas que le den otra significación al espacio. Ya está bueno de vacas y árboles metálicos.
Muy bueno 👌
ResponderEliminarGracias, Mónica.
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